martes, 4 de febrero de 2014

Los incidentes más triviales de ostracismo pueden hacer añicos nuestro amor propio.

Una tarde, a mediados de los años ochenta, me encontraba en el parque sentado con mi perra en una manta cuando un disco voladorme golpeó la espalda. Me di la vuelta y vi a dos chavales no muy lejos de mí esperando que se lo devolviera. Me levanté y se lo lancé, pero, para mi sorpresa, los dos extraños me lo volvieron a tirar invitándome a participar. Formamos un triángulo en la hierba y empezamos un juego espontáneo a tres bandas. Sin embargo, unos minutos después, sin razón aparente, dejaron de lanzarme el disco. Al principio me pareció un poco raro, pero cuando quedó claro que no me iban a incluir más en el juego, me sentí un poco estúpido, incómodo y dolido. Me sentí excluido.
Regresé cabizbajo junto a mi perra. En ese momento una idea me iluminó el día. Como profesor de psicología, en aquel entonces en la Universidad Drake, siempre había querido estudiar el ostracismo, aunque nunca supe cómo abarcar el tema. En el episodio del parque no hubo conversación ni conocimiento previo ni expectativas de una futura interrelación; aun así, fue impactante a nivel emocional. Me di cuenta de que podía recrear aquella experiencia en un juego virtual de pelota o de lanzamiento de disco volador, en el que ciertos jugadores fueran excluidos; de este modo podía llevarme el experimento al laboratorio.
Incluso episodios breves de exclusión por parte de extraños o personas que nos desagradan activan los centros cerebrales del dolor, incitan a la tristeza y al enfado, aumentan el estrés y reducen la autoestima y la sensación de control.
Todas las personas sentimos el dolor del ostracismo más o menos por igual, no importa lo fuertes o sensibles que seamos. Sin embargo, los rasgos de la personalidad influyen en el modo de sobrellevarlo.
Detectar pronto esta situación de aislamiento aumenta la probabilidad de reaccionar y seguir en el grupo y de superar la mala experiencia.